¿Qué hacemos con los errores?

De la necesidad de integrar al error en el proceso de aprendizaje y, en concreto, del deseo de incorporar los errores al proceso de escritura como algo útil y necesario antes de dar por concluido el texto final, surgió la idea de negociar con los alumnos qué íbamos a hacer con los errores cuando hiciésemos un ejercicio de expresión escrita.

Planteé una actividad de escritura dedicando mucho tiempo al proceso de escritura y realizándola casi en su totalidad en la clase. Una de las actividades era una negociación para llegar a un acuerdo, primero, entre los alumnos y, después, entre éstos y el profesor, sobre lo qué haríamos con los errores. Primero hice una actividad en grupo para que discutieran algunas afirmaciones relativas a sus creencias acerca de los errores, en la escritura de a quién le corresponde corregir, de qué se puede hacer con ellos, de cómo han hecho en otros cursos, etc. En segundo lugar, les mostré dos textos corregidos de forma diferente: uno con los errores marcados, corregidos y con una calificación final, y otro con los errores señalados y con una clave para ayudar a la autocorrección. Finalmente, llegamos a los siguientes acuerdos:

  1. El profesor exclusivamente señalará los errores.

  2. Los alumnos revisarán su texto para corregir lo señalado por el profesor. El profesor hará un nueva revisión.

  3. Al final de la actividad, se reunirán todos los errores de gramática y se harán ejercicios para practicar. Los demás errores se comentarán en clase.

De las propuestas que yo les hice rechazaron expresamente:

  1. La revisión entre pares. Aducían que un compañero no puede saber cuáles son los errores y cómo corregirlos. Les dije que la revisión entre compañeros no significa que el profesor no revise también los textos.

  2. La posibilidad de hacer correcciones selectivas en función de algunos aspectos importantes que se quieran tratar en cada actividad.

  3. La idea de escribir textos regularmente fuera de clase para practicar lo que se planteara en la clase. Decían que escriben mucho en otras asignaturas y no tienen tiempo escribir en casa con todo lo que tienen que estudiar.

Por diversas razones, una de las alumnas hizo el cuestionario por escrito. Con su permiso, reproduzco algo de lo que escribió:

“Cuando escribo un texto de diversas cosas me gusta darlo solamente a un profesor de la lengua espaňola o a una persona espaňola. Ellos pueden corregir lo escrito perfectamente y eso es que necesito. No es eficaz darlo a las compaňeras de clase de la universidad, porque ellas no se dan cuenta de todo lo que tendrían que corregir, o cometen un gran número de errores en este proceso. Por otro lado, soy maximalista y intento perfeccionarme en mis conocimientos del idioma espaňol, y consecuentemente, no tiene sentido discutir mis textos con otras personas que no son espaňolas nativas o profesores”.

Ahora estoy obligado a respetar el acuerdo, aunque no es exactamente lo que a mí me hubiera gustado. Supongo que los alumnos también hubieran preferido otra cosa, pero por eso es un acuerdo, porque las dos partes renuncian a todas sus ideas iniciales y pueden encontrar un punto medio. A pesar de que he tenido que dejar de lado algunas de las ideas que había previsto a la hora de plantear la expresión escrita, esta negociación ha sido útil porque he podido conocer las creencias de mis alumnos respecto a la escritura y eso me ayudará en el diseño de actividades. Además creo , o más bien espero, que la negociación despierte en los alumnos un cierto compromiso que me asegure una participación activa en las clases cuando hagamos expresión escrita.

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Un comentario en “¿Qué hacemos con los errores?

  1. Bueno, Dani, lo hecho hecho está. Ahora tendrás que ver si realmente se comprometen y ha merecido la pena negociar este asunto o habría valido más imponer tu criterio.
    Lo que está claro es que la cuestión de la negociación de procedimientos y contenidos con los alumnos es un tema delicado. Por una parte, parece lógico que el profesor, como experto en la materia que se supone que es, imponga su criterio. En términos políticos podríamos compararlo con el despotismo ilustrado: todo por el pueblo, pero sin el pueblo. Por otra parte, la postura negociadora responde a modelos de interacción estudiantes-profesor en los que la distancia vertical (jerárquica) es menor, modelos más democráticos que, en teoría, pueden favorecer una mayor implicación de los alumnos en su proceso de aprendizaje (lo que tú esperas).

    Ahora me viene a la mente una lectura sobre Filosofía de la Ciencia que hice en la facultad. El autor planteaba la pregunta de si eran los científicos los que debían tomar las decisiones respecto a los temas científicos con importantes consecuencias sociales (energía nuclear, clonación, etc.) o, por el contrario, este poder de decisión debía estar en manos del pueblo. Él se decantaba por la segunda opción argumentando que, aunque los científicos son los que “más saben”, es siempre el pueblo quien sufre o se beneficia de las consecuencias del trabajo científico y, en este sentido, le corresponde este poder de decisión. Creo que esto es lo que tú has hecho, ¿no estás de acuerdo?

    Personalmente, y hablando hipotéticamente, porque ahora mismo no estoy dando clases, optaría por reservar la negociación para cuestiones que yo mismo no tuviera claras y para aquellas que resultaran fuente de conflicto en el aula. Vamos, que dudo que yo fuera tan democrático como tú, compañero 😉

    Un abrazo y hasta pronto.

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